Sobre la inmigración en España
Inmigración
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| Las colas para la regularización de la inmigración en España |
¿Es la falta de una política de estado sobre inmigración un problema para España?
Por L. Domenech
Pues la respuesta puede que esté en un nuevo informe elaborado por FUNCAS. España está en un momento de regularización de inmigrantes que en principio se suponía que podía afectar a las de medio millón de personas, pero que se cree que pueden llegar a ser regularizados mas de un millón, gracias a un cambio en la política migratoria del Gobierno de Pedro Sánchez, que por muchos es calificada de oportunismo político, mas que de necesidad de solucionar un problema de estado.
Esto ha reabierto en la sociedad española el debate de si la inmigración es buena, o si es mala para el país y sus ciudadanos, polarizando a la opinión pública.
- Cierto es que España es frontera sur de Europa con el mundo subdesarrollado africano, y por tanto una importante puerta de entrada a la inmigración.
- También es cierto que tanto en España como en Europa hay déficits de mano de obra en trabajos de escasa o nula calificación que necesitan ser corregidos.
- Tampoco se puede negar, que existe una sensación ciudadana de unir inmigración a problemas de seguridad, a falta de integración social, y al hecho de que la inmigración absorbe una gran parte de los recursos económicos que podrían dedicarse a otros destinos, que abren la puerta a manifestaciones de segregación, racismo, y a rechazar en definitiva a estas personas.
- Es innegable que la llegada de nueva inmigración agrava algunos de los problemas existentes, como la falta de vivienda, que desplaza a esta población a lugares inhóspitos, inseguros, de nula calidad que deterioran la vida de barrios enteros.
Un reciente informe de FUNCAS nos da las pistas necesarias para entender la dimensión actualizada de este problema, tras un exhaustivo análisis de los datos recogidos a lo largo de lo que va de siglo.
España ha delegado implícitamente en la inmigración la función de corregir su desequilibrio demográfico, marcado por la caída de la fecundidad y el envejecimiento de la población. Este análisis sostiene que esa contribución es relevante, pero limitada, puesto que, aunque la inmigración puede aliviar temporalmente algunos efectos del cambio demográfico, no resuelve sus causas de fondo. La atención preferente a sus beneficios inmediatos ha tendido a dejar en segundo plano una discusión más rigurosa sobre sus efectos a largo plazo. La inmigración debe entenderse como un factor de amortiguación, no como una solución permanente al reto demográfico español.
El modelo migratorio
● Desde el año 2000, España es el principal receptor de inmigración de la Unión Europea en términos relativos y el segundo en términos absolutos, solo después de Alemania.
● En 2025, el 19 % de los residentes en España había nacido en el extranjero (media UE: 14 %). El incremento de población inmigrante se ha concentrado en dos periodos muy concretos (2000-2008 y 2021-2025).
● Desde el año 2000, solo en un año, 2013, el saldo migratorio fue negativo.
● Confiar en la inmigración para la resolución de los retos demográficos no debería ignorar que algo más de la mitad de los que llegan, se van. A pesar de que entre 2002 y 2024 iniciaron su residencia en España casi 15 millones de personas, la población solo aumentó en 7 millones.
Inmigración y fecundidad
● Entre 2009 y 2024 los nacimientos en España cayeron de 493.000 a 318.000 (-36 %). La inmigración ha contribuido a aumentar el número de mujeres en edad fértil y, por lo tanto, el número de nacimientos, pero no el número de hijos por mujer.
● En 2024 había un 33 % más de mujeres inmigrantes en edad fértil que en 2009, pero sus nacimientos cayeron un 10 % y su fecundidad un 32 %.
● El comportamiento reproductivo de las mujeres inmigrantes converge con el de las autóctonas en una sola generación. Es decir, España incorpora muy rápidamente a los inmigrantes a su propio régimen de (muy) baja natalidad. El potencial rejuvenecedor de la inmigración tiene dos límites. El primero es el envejecimiento natural de la población inmigrante que ha llegado desde el año 2000. El segundo es que el perfil de edad de las llegadas está envejeciendo.
● En 2025, el 22 % de los inmigrantes residentes en España ya tiene 55 años o más; esto es 2 millones de personas.
● Entre 2021 y 2024, 558.000 personas llegaron a España con 55 años o más, el equivalente a más de dos veces la población de la ciudad de Gijón. Esta cifra supone casi una de cada cinco llegadas de inmigrantes a España entre 2021 y 2024. El 80 % de estas llegadas de mayores corresponde a ciudada-
nos extracomunitarios.
● Como consecuencia de todo ello, entre 2021 y 2025 la población inmigrante mayor de 54 años creció un 42 %, sumando más de 615.000 personas en cuatro años —equivalente a toda la población de la ciudad de Málaga—, lo que implica mayor presión sobre salud y dependencia. En el mismo periodo
la población inmigrante entre 20 y 54 años aumentó en un 25 %.
● La inmigración llega prioritariamente allí donde el reto del envejecimiento es menor. Las comunidades más envejecidas (Asturias, Galicia, Castilla y León) solo registran efectos intermedios en la atenuación del envejecimiento.
En conjunto, estos resultados permiten reinterpretar el papel de la inmigración en el modelo demográfico español. La inmigración ha permitido sostener el crecimiento poblacional y amortiguar parcial y temporalmente el envejecimiento, pero lo ha hecho mediante un mecanismo que, para sostenerse, requiere flujos continuos y crecientes, que pierde eficacia con el tiempo, y que no corrige los determinantes fundamentales del desequilibrio demográfico. Este diagnóstico obliga también a revisar el marco en el que se ha desarrollado el debate académico y público en España.
Una parte relevante de la investigación
se ha centrado, no sin razón, en la vulnerabilidad de los propios
inmigrantes y en su integración. Sin embargo, este enfoque ha tendido a
desplazar, o directamente a ignorar, su papel estructural en nuestra
demografía. El resultado ha sido la consolidación de un marco
interpretativo en el que la inmigración aparece como un fenómeno
esencialmente positivo y extrañamente exento de costes. Con la irrupción
en el asunto de los populismos a izquierda y derecha, ese marco simplificador es
cada vez más difícil de sostener empírica y discursivamente. Reconocer
los límites del modelo no implica negar los efectos positivos de la
inmigración, sino a situarla en el lugar que le corresponde en el análisis
de las políticas públicas.
Los datos muestran un escenario
complejo en el que la inmigración puede aportar beneficios a la sociedad
de acogida, pero desde luego esto no es suficiente para resolver el notable
problema demográfico que tenemos por delante. Informes institucionales
recientes han subrayado, no sin alguna razón, el papel de la inmigración
como factor de compensación del envejecimiento. El análisis no
contradice esa conclusión, pero sí la acota de manera sustantiva. El
efecto existe, pero es más limitado, más condicionado y menos duradero
de lo que suele desprenderse de muchos diagnósticos institucionales.
En
particular, cabe resaltar que la evidencia presentada aquí obliga a incorporar dimensiones
que tienden a quedar fuera del foco, como la dependencia de flujos
crecientes, la rápida convergencia de comportamientos reproductivos, el
envejecimiento del propio stock inmigrante y la desigualdad territorial
en la distribución de sus efectos.
Más importante aún: el
análisis sugiere que el debate público ha operado con una cierta
asimetría. Se han documentado con detalle los beneficios asociados a la
inmigración en el corto plazo, pero rara vez se han cuantificado con el
mismo rigor sus costes o sus limitaciones estructurales a largo plazo,
que, sin embargo, no son marginales. La llegada creciente de población
en edades avanzadas, su mayor propensión al asentamiento y la presión
futura sobre los sistemas sanitarios y de dependencia son
elementos
que forman parte del balance demográfico, aunque con frecuencia queden
fuera del relato dominante. Evaluar la inmigración únicamente por su
contribución a los nacimientos o al tamaño de la población activa ofrece
una imagen incompleta.
En este sentido, más que una discrepancia
frontal con los diagnósticos institucionales, lo que este estudio
plantea es una corrección de alcance. La inmigración no es un mecanismo
automático de ajuste demográfico, ni su efecto puede darse por
garantizado bajo cualquier configuración de flujos. Depende de su
volumen, pero sobre todo de su composición, su estabilidad y su
interacción con el contexto
institucional y económico de acogida.
Ignorar esta condicionalidad equivale, en la práctica, a sobrestimar
su capacidad de corrección.
Conclusión
La conclusión es, en última instancia, sobria. España ha
construido en las últimas décadas un modelo de equilibrio demográfico
apoyado en la inmigración que ha funcionado razonablemente bien en el
corto plazo. Pero ese modelo muestra signos claros de agotamiento. La
inmigración ha permitido ganar tiempo, pero no ha alterado la
trayectoria de fondo y, como sugieren los datos, ese margen temporal es
cada vez más estrecho.
● La inmigración ha permitido retrasar el momento en el que la sociedad española afronte las consecuencias que tendrá nuestro propio envejecimiento y la caída de nuestros nacimientos, pero no ha alterado su trayectoria demográfica de fondo.
● Seguir en esta estrategia exigiría atraer flujos cada vez mayores. Esto no solo encuentra un límite en el reto de absorber esta diversidad, sino también en el hecho de que los países de origen también envejecen y su oferta migratoria, por tanto, se va a reducir en el medio plazo.
● Parece más razonable que España comience a reflexionar sobre una estrategia de adaptación ante el cambio demográfico que combine no solo la política migratoria, sino también la política familiar y la planificación territorial. Para ello, el debate público debe incorporar reflexiones sobre el impacto demla inmigración en el largo plazo y superar el foco en la inmediatez.
Finalmente, cabe apuntar que el margen de actuación no es nulo. Aunque los flujos migratorios tienen una componente incierta, no son completamente aleatorios y, de hecho, la evidencia muestra que responden a incentivos económicos, redes sociales y marcos institucionales. España no ha desarrollado hasta ahora una estrategia coherente en este ámbito, para controlar mediante una política de estado, la inmigración en función de lo que España necesita, que no sirva solo para controlar los flujos, sino para ayudar a la integración social de estos nuevos ciudadanos.
Mejorar la gestión de la inmigración —en términos de selección, integración y distribución territorial— no resolverá el problema demográfico, pero sí puede aumentar su contribución positiva y, de manera igualmente relevante, reducir algunos de sus costes.
La regularización de la población inmigrante no controlada si es una necesidad de país para gestionar mejor la inmigración, pues el flujo demográfico, controlado o no controlado (peor en este segundo caso), impacta directamente en la economía, la fuerza laboral y las políticas sociales como las de vivienda y otras, de las naciones receptoras que han de condicionar su futuro para bien o para mal, según se hayan gestionado estas.
Fuente:
FUNCAS. Los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España

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